El carioca de favela habita su cuerpo con desenfado. Va por la calle erguido, apuntando sus ojos al cielo. Camina con ritmo, dueño absoluto de su piel y de sus huesos. Es amigo del suelo, pues todo lo que vale la pena hacer en Río, puede hacerlo descalzo: el funk, la playa, los juegos de pelota, el asado del viernes por la tarde.
crónicas, cuentos, etcétera
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