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Las Confusas

En esta vereda del Oriente de Antioquia no hay una sola tienda, ni una cantina, ni un restaurante, ni tampoco transporte público. La señal del celular es intermitente y el alumbrado llegó con más de cien años de retraso. ¿Es posible vivir sin la posibilidad de saber del mundo?


Fotografía de una habitante de Las Confusas en San Luis, Antioquia, buscando señal de celular
FOTOGRAFÍA: Estefanía Carvajal

Escondido en las montañas del Oriente antioqueño, a unas cinco horas de Medellín, aún existe un lugar donde es posible señalar las cosas con el dedo y darles un primer nombre. Se llama Las Confusas y es la más recóndita —y la menos habitada— de las nueve veredas del municipio de San Luis, un poblado de trece mil habitantes, aguas cristalinas, mármoles preciosos y selvas vírgenes como las que ya no se ven en las tierras colonizadas por el filo del machete.


Para llegar hasta allá, hace falta un vehículo todoterreno, sea una bestia, una moto o un campero, y un conductor mañoso que conozca la zona como a su propio cuerpo. Arnulfo Berrío es guía turístico, oriundo del corregimiento El Prodigio —al que pertenece Las Confusas, aunque separada por el cauce del río Cocorná—, y hoy me lleva por el camino destapado a bordo de un motocarro de tres llantas —un Torito NG de última generación— que es más fuerte y ágil de lo que parece.


La carretera empieza bordeando Río Claro, hacia el otro lado de la famosa reserva natural, en el kilómetro 152 de la autopista Medellín-Bogotá. Muy pronto, entre la vegetación espesa de la selva tropical, nos encontramos con dos enormes estructuras verticales de concreto y, a su alrededor, un parque industrial que parece venir de otro planeta.

—Eso que ve ahí no es la planta nuclear de Los Simpsons —bromea Arnulfo—, sino la nueva cementera de Corona.

Más adentro, Argos tiene su propia cantera en la que trituran y procesan roca caliza y arcilla para convertirla en cemento. Por eso, durante más o menos media hora, el camino que transitamos es rocoso, duro y relativamente ancho, aplanado por el paso constante de las volquetas, y la manigua que lo rodea está cubierta toda por un polvillo gris que le resta verdor al paisaje.


Entonces, cuando nuestros ojos ya no tienen más noticias del río esmeralda, la vía se bifurca: hacia la derecha siguen los camiones que van y vienen de la planta de Argos, y por la izquierda, una trocha sinuosa que más parece un camino de herradura y que conduce a ese lugar remoto, indeterminado en el mapa, llamado Las Confusas.


A partir de ahí, los celulares pierden la señal y no se ve nada más que el monte. El ruido de las volquetas se desvanece en el silencio y en el canto de los pájaros, y los árboles y las hojas recuperan los colores intensos que alumbran verde bajo el sol alegre de un cielo limpio. Cada tanto, Arnulfo detiene el Torito —no hay necesidad de orillarlo, porque es poco probable que nos encontremos a alguien— para señalar el tronco de un zagüí centenario o buscar con sus binoculares el nido de la oropéndola negra que acaba de trinar en alguna parte.



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Escribir es una maldición que salva, dice Clarice Lispector.

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