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Río y Medellín, a través del espejo

El operativo del 28 de octubre en dos favelas de Río de Janeiro, con un saldo de más de 120 muertos, recuerda a la Operación Orión en Medellín. Ambas ciudades son hermanas de muchas formas, reflejadas en sus paisajes y su violencia.


Mural dentro del Complejo del Alemán, en Río de Janeiro
Mural dentro del Complejo del Alemán, en Río de Janeiro. FOTOGRAFÍA: Estefanía Carvajal

En abril de este año, poco después de llegar de Río de Janeiro, soñé que estaba nuevamente en las favelas. El sueño mezclaba los barrios que habíamos recorrido, durante dos semanas, siete periodistas de Medellín guiados por cinco colegas cariocas, todos jóvenes reporteros del medio alternativo Voz das Comunidades, y revelaba también los miedos y las escenas que habían pasado por mi cabeza desde la primera caminata por el Complejo del Alemán: los fusiles que vimos dormidos por decenas estallaban en un tiroteo incesante; las granadas explotaban en las canchas llenas de niños descalzos y las barricadas en llamas impedían nuestro descenso loma abajo: habíamos sido testigos de un territorio preparado para la guerra y mi subconsciente nos ubicó entre el fuego cruzado de policías y bandidos.


Sin embargo, ni en mis peores pesadillas habría podido imaginar las fotografías que publicaron  Voz das Comunidades y otros de medios de comunicación el pasado 29 de octubre, durante la segunda jornada de la Operación Contención, la incursión de la policía militar en los Complejos de la Penha y el Alemán que dejó un saldo de más de 120 muertos y se convirtió en la mayor matanza jamás ocurrida en la Cidade Maravilhosa. En las imágenes, los cuerpos aparecen apilados en la plaza San Lucas de la favela de la Penha. Algunos están cubiertos con sábanas y cobijas de distintos colores; otros están en ropa interior, sin nada más que los cubra, a la espera de ser reconocidos por los hombres y mujeres que los rodean en medio del estupor y el llanto. Sin duda, quienes vimos los registros de esa escena no podremos olvidarla, así como en Medellín seguimos evocando la Operación Orión con la fotografía a blanco y negro de un paramilitar encapuchado dando órdenes a los soldados del ejército en las laderas de la Comuna 13.


De muchas maneras, Río de Janeiro y Medellín son algo así como ciudades espejo: separadas por casi ocho mil kilómetros, se miran la una a la otra en las arquitecturas imposibles de sus barrios laberínticos, en la ferocidad de los bandidos que reinan en el bajo mundo y en el ondulante exotismo de sus paisajes y sus cuerpos, una combinación que atrae cada año a millones de turistas. Pero mientras Medellín parece haber superado las cifras de homicidios que la llevaron a ser la ciudad más peligrosa del mundo —y digo parece, porque hay problemas que persisten y que se han vuelto paisaje, al igual que los fusiles en las favelas—, Río sigue estancada en una espiral de violencia y exclusión que tiene atrapados en el centro a más de un millón y medio de cariocas favelados. 



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Escribir es una maldición que salva, dice Clarice Lispector.

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