Andrea
- lacocinadeolivia
- 2 dic 2025
- 9 Min. de lectura

Cuando su mamá enfermó y no pudo mantenerlo más, el Burro terminó metido en el mundo del crimen. Empezó de campanero en la olla de vicio de Las Independencias, un sector de la comuna 13 que nació como nacieron casi todos los barrios de Medellín: a punta de invasiones y desplazados. Su trabajo era muy sencillo: solo tenía que pararse a tres cuadras de donde estaban los muchachos con la mercancía —por lo general se instalaban en la esquina de una cancha de arenilla donde a toda hora había un cardumen de niños descalzos corriendo detrás de una pelota de fútbol— y gritar un nombre de mujer a todo pulmón si llegaba la policía. A veces gritaba Lauraaaaaaaaaa, otras veces Sofíaaaaaaaaaa, de vez en cuando se ponía creativo y lanzaba al aire algún Yurani o Yesenia o Yasuri, pero el que más le gustaba era Andrea. Andrea porque él se llamaba Andrés y nunca le gustó que le dijeran el Burro.
En un año trabajando de campanero ahorró lo suficiente para comprarse una moto Suzuki AX100 de segunda mano y un revólver calibre 38, insumos necesarios para montar su propia sucursal del delito. Trabajar para el combo le daba la seguridad de un ingreso mensual fijo —con colilla de pago y contador que hacía los cálculos para la nómina—, pero también representaba un riesgo enorme por el hilo tenso y delgado que unía a los jefes de Las Independencias y Betania, el barrio vecino, un hilo que podía romperse en cualquier momento y desatar una ola de muertos que aparecerían embolsados en el río, en la escombrera o en la maleta de un taxi abandonado.
El miedo lo alejó del crimen organizado de la 13 y lo llevó a robar celulares a esas zonas de la ciudad donde la gente maneja camionetas de muchos millones y se viste con ropa de marca. Cuando el iPhone se puso de moda, el Burro y su compañero de turno se hacían hasta dos millones de pesos semanales y ni siquiera tenían que bajar a Medellín todos los días. Él mismo manejaba la moto, porque no le iba a soltar la Suzuki a cualquier aparecido, y el parrillero cargaba el revólver: a veces era el Tapias y otras veces el Chicho, según quien necesitara más la plata. Solo tenían dos reglas inviolables: nunca robaban en los barrios de la comuna y jamás atracaban a mujeres embarazadas, porque entre los pillos corría el rumor de que era de mala suerte.
A mediados del año pasado las cosas se pusieron peludas en los barrios de los ricos porque la gente empezó a grabar los atracos y a colgar los videos en las redes sociales. En su afán por crecer en las encuestas, el alcalde recién electo se encargaba personalmente de buscar a los delincuentes de las grabaciones, a los que presentaba como trofeos de la lucha contra el crimen en sus cuentas de Twitter y Facebook. Mientras el alcalde combatía el delito desde un helicóptero que compró para asustar a los bandidos, el Burro y sus secuaces trasladaron su zona de influencia al centro, donde empezaron a robar a la gente de a pie que no tiene IPhones, pero sí celulares inteligentes de gama baja y billeteras abultadas por la quincena recién sacada del cajero automático.
El jueves del incidente el Burro salió con el Chicho y se instalaron en la esquina de la avenida Oriental con La Playa, que es algo así como el famoso cruce de Shibuya en Tokio, pero con peatones que zigzaguean entre los carros y conductores que aceleran en vez de frenar cuando el semáforo está a punto de cambiar a rojo. Ese día no habían tenido mucha suerte en su jornada criminal: robaron dos billeteras en las que no había más de veinte mil pesos, un smartphone de marca china que a duras penas podía recibir mensajes de Whatsapp y dos celulares flechas —les dicen flechas porque los puede usar cualquier indio— que costaban menos que la gasolina que se gastaron en bajar de la comuna.
A eso de las cuatro de la tarde, cuando estaban a punto de salir para Los Puentes a vender por cualquier peso su paupérrimo botín, el Chicho señaló el cajero del otro lado de La Playa. Adentro había un hombre de contextura mediana y cabello gris que vestía pantalón caqui de prenses y camisa blanca sin una sola arruga. Llevaba más de cinco minutos en el cajero, lo que podía significar tres cosas: tenía problemas con la tecnología, la transacción era muy compleja o estaba sacando mucho billete.
El Burro agarró el timón de la Suzuki, dio media vuelta y paró justo al frente del cajero, que estaba sobre el costado sur de la avenida. Cuando el tipo salió de la sucursal bancaria lo siguieron de cerca por dos cuadras, con el motor encendido pero sin acelerar para no espantar a la presa. La víctima giró a la derecha por la calle Girardot y se detuvo unos veinte metros más adelante apenas sintió el ronquido de la moto y el cañón frío del revólver apuntándole al cuello. El Burro vigilaba por los retrovisores que no fuera a llegar la policía, mientras que el Chicho, empuñando el arma, hacía el trabajo sucio. “Viejo hijueputa, no te vas a hacer matar —le dijo sin gritar, en un tono casi sereno que reñía con la agresividad de las palabras—. Nos entregás el billete y te vas tranquilo pa’ la casa”. El tipo suspiró y se llevó la mano al bolsillo trasero del pantalón, pero antes de que pudiera sacar la plata el Chicho le arrebató la billetera. El Burro aceleró y con la moto en marcha miró sobre su hombro para corroborar que nadie los estuviera siguiendo. Entonces lo vio ahí petrificado, clavado en la acera de Girardot sin saber qué hacer, y sus miradas se cruzaron por ese instante incómodo —y por lo incómodo también eterno— en que la víctima y el victimario se reconocen. El Burro pasó de cero a noventa kilómetros en menos de una cuadra y manejó por diez minutos esquivando buses, ignorando señales de pare y pasándose los semáforos en rojo. Cuando llegaron a la 13 no se detuvo en su casa, sino que fue directo a la escombrera. Se bajó sin decir nada y vomitó una mezcla de bilis y sancocho que le quemó la garganta. Se limpió la cara con la manga del camibuso negro que justo estaba estrenando ese día y tomó una bocanada de aire.
—¡Jueputa, Chicho, atracamos a mi vecino!
—¡Ay go-no-rrea! ¿A lo bien?
—Estoy casi seguro. Páseme la billetera.
El Burro sacó la cédula. Nombre: Humberto Mejía Rodríguez. Fecha de nacimiento: 23 de marzo de 1953. Lugar: Yarumal, Antioquia. Estatura: 1.76. Tipo de sangre: O +. Sexo: M. Fecha y lugar de expedición: 27 de abril de 1971, Medellín. Huella dactilar del índice derecho y firma del Registrador Nacional. En la billetera había una tarjeta débito, quinientos mil pesos en billetes de cincuenta y todas las pendejadas que la gente guarda por razones que luego parecen insignificantes: el certificado de votación, el carné de la vieja empresa de salud, la tarjeta del electricista al que nunca más volvió a llamar, el recibo del pantalón que compró en el Éxito sin medírselo primero y la foto a blanco y negro de una pareja de recién casados.
Pensó en devolverle la plata a don Humberto, pero debía tres meses de arriendo y su hermanita necesitaba zapatos nuevos para la escuela. A lo mejor el tipo ni siquiera lo había reconocido y se estaba armado una película sin necesidad. Sin embargo, cuando se lo encontró de frente un domingo en que salió a la tienda a comprar arepas, el Burro vio en los ojos de don Humberto la mirada de su mamá cuando llegaba trabado a la casa con los bolsillos llenos de billetes arrugados, ese regaño silencioso cargado de amargura que le dolía en la boca del estómago como si no hubiera comido en todo el día.
Desde ese momento evitó salir de su casa para no encontrarse con don Humberto. Prendió el equipo de sonido, sintonizó una emisora de reguetón y no lo volvió a apagar ni siquiera cuando el sueño lo vencía y caía rendido sobre el sofá de su sala diminuta. De vez en cuando, entre una canción y otra, escuchaba fragmentos de lo que estaba pasando en la casa del vecino: don Humberto oyendo los programas matutinos de la radio mientras se tomaba un tinto sin azúcar, la mujer de don Humberto pitando los fríjoles en la olla a presión, los nietos de don Humberto que llegaban en las tardes para que sus abuelos los cuidaran mientras sus papás se partían el lomo por un salario mínimo, la puerta que se abría todos los días a las cinco de la tarde cuando don Humberto se iba a jugar billar y se volvía a cerrar a las diez de la noche cuando regresaba con tres cervezas en la cabeza, y se quedaba así cerrada hasta la mañana siguiente cuando la mujer de don Humberto salía a misa de siete en la parroquia del Divino Niño. No entendía cómo don Humberto podía seguir viviendo su vida como si nada, con esos hilos invisibles que pasaban de una casa a otra por las ranuras delgadas de las paredes y parecían cortar el aire y todo a su paso. El Burro sintió por primera vez ese pesar interno que otros llaman remordimiento y resolvió que lo mejor era arrancarlo de raíz: con su vecino muerto no tendría que mirar nunca más el rostro de la culpa.
La madrugada de un lunes de abril, quince días después del incidente, el Burro saltó el muro de tres metros que separaba el patio de su casa del de sus vecinos. Abrió con cuidado la puerta trasera, que nunca cerraban con llave, y se escabulló por el corredor oscuro. Un par de años antes había entrado a esa casa a sacar un colchón viejo que le regaló don Humberto y por eso conocía el orden de las habitaciones: atrás estaba el baño, seguía la cocina y justo en el medio, antes de llegar a la sala, estaba el único dormitorio. Eran apenas cuarenta y cinco metros cuadrados mal distribuidos y ocupados por muebles que evidentemente habían sido diseñados para un espacio más grande. El Burro apartó con delicadeza la cortina que hacía las veces de puerta en la alcoba matrimonial. Don Humberto dormía del lado derecho de la cama y roncaba como una locomotora. Su mujer estaba del lado izquierdo dándole la espalda, acostada en posición fetal. Acercó el silenciador del revólver a la frente de don Humberto y apretó el gatillo. Los ronquidos cesaron de inmediato y el silencio despertó a la mujer, que no se había terminado de incorporar cuando su vecino le clavó una bala en la cabeza. Limpió la cacha del revólver y lo puso justo donde habría caído si don Humberto hubiera apretado el gatillo. Sacó la billetera, en la que dejó un billete de veinte, y la colocó en el nochero. Encendió la luz y examinó la suela de sus zapatos, que estaban sucios de tierra pero limpios de sangre. Le dio un último vistazo a los cadáveres y sintió la satisfacción del deber cumplido: la culpa había muerto tan rápido como su vecino.
Un gallo estaba cantando cuando salió al patio a comprobar lo que temía desde que se coló en la casa: el muro era más alto del lado de los difuntos y como la pared estaba revocada, escalarla era imposible. Buscó infructuosamente una escalera y pensó que de todas formas no podía dejarla recostada contra la pared. La única salida viable era la puerta delantera —la puerta delantera en un barrio atestado de señoras chismosas que vendrían a buscar a la mujer de don Humberto apenas notaran su ausencia de la misa de siete—. El Burro no podía salir por esa puerta. No si quería seguir siendo el Burro.
La sangre de don Humberto y su mujer ya llegaba hasta el corredor. La pisó con tranquilidad, porque igual se iba a quitar los zapatos, y busco en el clóset algo que fuera más o menos de su talla. En el fondo del armario encontró un vestido amarillo que olía a guardado y que a lo mejor ni siquiera era de la vecina, no tanto por el color sino por el escote. Se quitó la ropa y la metió en un bolso negro de cuerina que estaba colgado detrás de la puerta del clóset. Rellenó un brasier con un par de calzoncillos y se afeitó todos los pelos que tenía de las pestañas para abajo. Guardó la cuchilla desechable en el bolso y se aseguró de que la mugre bajara por el drenaje. Armó un turbante con una pañoleta de colores y se maquilló con los pocos cosméticos que encontró en el baño: cejas marrones, pestañas crespas y tupidas, pómulos angulosos marcados por una línea de colorete, párpados morados y labios rojísimos. Remató el look con una imitación barata de un collar de perlas y un reloj de pulsera que sacó del alhajero. Enroscó los dedos para que cupieran en el único par de tacones que tenía la mujer de don Humberto y se colgó la cartera al hombro.
A las seis y cincuenta de la mañana salió de la casa. Bajó la calle empinada con tanta gracia y naturalidad que nadie habría creído que era su primera vez en tacones. Quebraba la cadera a cada a paso y con cada bamboleo se robaba una mirada. Don Jairo, el de la tienda del frente, le gritó un piropo obsceno. Doña Marta, que iba para la parroquia del divino niño, se echó la bendición y aceleró el paso. Un muchacho con uniforme colegial se puso colorado cuando sintió la erección bajo sus pantalones. Y justo cuando iba por la esquina donde tantas noches trabajó como campanero, una corriente de aire levantó el vuelo del vestido amarillo y dejó al descubierto un par de labios rosados carnosos apetitosos delicados gustosos seductores exquisitos y húmedos como la sangre que ya empezaba a asomarse por la hendija de la puerta.


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