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Historias de una vieja práctica

Fotografía ilustrativa de la explotación sexual infantil
Fotografía: Juan Fernando Ospina

por ESTEFANÍA CARVAJAL, LAURA ALMANZA y MARIA ISABEL NARANJO


Los barrios rojos de los abuelos solían ser Guayaquil, Lovaina, La Veracruz y El Pedrero, pero hace años que todos los barrios prendieron sus bombillos rojos y apareció el glamur de Medellín, sus letras cantadas, su fama anunciada hasta en las vallas bajando del aeropuerto y una legión que demanda “servicios sexuales”. El viejo burdel creció, y ya no apaga la luz sino que enciende sus reflectores.


Seis mujeres y una niña nos contaron las heridas que ha dejado en ellas la explotación sexual que comienza desde la infancia. Todas residen actualmente en Medellín, y las menores aún se rebuscan la vida en las calles. También escudriñamos el Archivo Histórico Judicial de la ciudad y, a través de él, hablamos con mujeres de otros tiempos. Con horror comprobamos que es poco lo que ha cambiado.


Las historias que el lector está a punto de conocer ocurrieron en décadas y siglos distintos, pero son retratos de la misma enfermedad: la pobreza vehemente, los entornos familiares agrestes y las oportunidades solo para abusadores. Los relatos de la explotación sexual se repiten en los espejos donde la música suena muy fuerte y todo da vueltas y salen manos de las paredes con golpes y billetes y tarjetas y todas las cuentas por pagar. Son ellas quienes tienen la palabra de la calle en la punta de la lengua. Los nombres que usamos, que podrían ser cualquiera, les pertenecen solo en estas páginas.



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Escribir es una maldición que salva, dice Clarice Lispector.

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